viernes, 23 de enero de 2015

Nostalgia de las azoteas

¿Cuanto hace que no suben a la azotea de su edificio? Probablemente mucho. Puede que tengan la suerte de vivir en un pueblo, en una casa, en un barco o en las nubes, y tengan cielo y sol de sobra, e incluso noches estrelladas, de esas que cuando las redescubres te recuerdan lo perdida que está tu alma en la ciudad. Y si es usted de los que suben a menudo, se habrá dado cuenta del extraño vacio que las habita. Lo que han sido y lo que son.

Desde mi balcón, y justo arriba tengo mi olvidada azotea.
Desde arriba el mundo parece de juguete.
Que nos hayamos olvidado 
de las azoteas es un mal síntoma. Las azoteas son lugares mágicos, atalayas desde donde mirar con amplia perspectiva la vida en la calle; son rincones cómplices, refugio de adolescentes, de sus confidencias, de caladas que brillan en la oscuridad, de ropa tendida bailando con el viento, entorno ideal para estar en paz, para pensar; o mejor, para no pensar, cerca del cielo y de la poesía.
Pero desde hace un tiempo las azoteas están tristes y desangeladas. Se sube poco, mal o nunca. Las cuerdas de tender la ropa ya no reciben los pellizcos cariñosos de las pinzas, ya no encuentran su razón de ser. El pictórico enjambre de antenas de televisión ha ido despareciendo. Hay quien no conoce ni la azotea de su edificio, ocupados en sus cosas, comprando pastillas para el estrés sin saber que tienen una fórmula magistral unos metros más arriba. Y el colmo: muchos edificios modernos reducen las terrazas a mini habitáculos no transitables donde solo caben los cacharros del frío-calor. Un vecino me contaba que hace años se reunía la vecindad a asar sardinas al abrigo de las estrellas. Idilio y éxtasis vecinal.
Ningún científico lo ha estudiado, pero uno de los indicadores más fiables de la grandeza de un pueblo debería medirse por la cantidad y calidad de las visitas de sus gentes a las terrazas o azoteas. Pero ahora visitamos más otras cosas, como centros comerciales o pantallas sobre pantallas, y sobre pantallas, una, asomate a la pantalla..., y nos devoran las prisas, los miedos, y unos prodigios tecnológicos para los que no estábamos muy preparados ni educados y que están modelando nuestra vida a toda prisa sin darnos tiempo a pensar con claridad ni a reaccionar.
Eso sí, nos comunicamos mucho gracias a la tecnología y nos recordamos que nos estamos atocinando, y mientras nos la cogemos con papel de fumar, compartimos mensajes de conciencia, de emociones, de amor y de gurús espirituales, todos somos muy honrados y queremos la paz en el mundo, bla bla bla, y las tiendas se llenan de budas y sivas sentados, vamos, vamos, que me los quitan de las manos, pero pareciera que mientras tanto nos dirijimos guiados por la inercia hacia un cuello de botella, en clave APOCALIPSIS TOCINO, y no está claro si habrá Fairy que desengrase tanta indefensión aprendida, y tanto olvido de las cosas esenciales, como la claridad que aportan las azoteas.
Cuanto más olvidamos las azoteas, más nos hundimos sobre nuestros pies de mermelada. Mucho almíbar y poca pimienta.
Algunas ciudades del mundo, más sensibles, están apostando por proyectos de tejados verdes, cubiertas vegetales, huertos, pero por aquí eso parece ciencia ficción. Aquí tuvimos en los años del pelotazo miles de nuevos edificios y oportunidades perdidas para haber pensado en formas de vivienda más saludable, pero se olvidaron de las terrazas y además dejaron tras la batalla solares mellados como cicatrices de los hachazos de terreno urbanizable ganados a la huerta, al campo, para construir un sinsentido de bloques aún semivacios y sin azoteas peatonales.
Perdemos de este modo el norte, el lugar donde corre más el aire y mejor se piensa y se respira. Se empieza por estos descuidos y uno acaba creyendo cualquier cosa y actuando de cualquier manera porque así son y han sido siempre las cosas y no hay más que hablar.
De esta reflexión romántico-bucólica, ya ha salido un convencido de los beneficios para la salud mental de la reconquista de las azoteas, que soy yo mismo. Yo mismo conmigo mismo, delante de una pantalla,  apelando a mi conciencia y viniéndome arriba, una locura, oiga. A la parabólica del vecino pongo por testigo, que jamás dejaré que pase mucho tiempo sin subir a la azotea. Es más, ahora que la cosa política está como para tenerla muy en cuenta y que hay oportunidades para romper la inercia y echar un pulso a la apisonadora del capital ( ya lo decía la bruja Avería: ¡Abajo el capital! ), votaré al populista (todos lo son, lógicamente) que más pinta tenga de subir a las azoteas, porque en él estará la esperanza (así en la tierra como en el super, sic). Y desde luego, no me fiaré, nunca lo he hecho, de quien me de la impresión de no haber pasado parte de su infancia en una azotea escuchando los mensajes que susurran los vientos al oido, que no al odio. Unos pondrán muros, pero me quedaré con los que quieran poner molinos.